—¿Y si hoy no jugamos a lo mismo? —preguntó Gabriel nada más entrar en el rincón de juegos. Carlitos estaba colocando tres cojines en fila. Mateo llevaba una caja de cartón sobre la cabeza como si fuera un casco enorme. Los tres miraron alrededor buscando una idea nueva, hasta que Mateo dejó la caja en el suelo y descubrió algo pegado debajo: un trozo de cinta adhesiva con una flecha dibujada. —¡Un mapa! —dijo Carlitos. —Eso no es un mapa —respondió Gabriel—. Solo es una flecha. Mateo giró la caja. —¿Y si es la primera flecha? La flecha señalaba hacia la estantería. Allí no encontraron un tesoro, pero sí otra cosa que podía servir: una pieza triangular de construcción apuntaba hacia la puerta del patio. Carlitos decidió que era una señal. Gabriel dijo que podía estar simplemente tirada. Mateo propuso comprobar las dos teorías. Salieron al patio con permiso de la profesora Sofía. Junto al arenero había una ramita en forma de Y. Más allá, tres tizas olvidadas formaban casi una línea....
A las doce y siete, cuando Inés subió el primer fader de la noche, Radio Horizonte sonaba exactamente como debía sonar. Una canción terminaba bajo su voz, Mauro levantaba dos dedos detrás del cristal para marcarle que iban bien de tiempo y el reloj redondo del Estudio 2 avanzaba con esa parsimonia que solo tenían los relojes cuando todo estaba bajo control. Inés abrió su libreta color vino por una página limpia y escribió la hora de la primera llamada. —Seguimos en La última hora —dijo, acercándose al micrófono—. Si aún estáis despiertos, podéis acompañarnos un rato. La luz roja sobre la puerta se encendió. Mauro, desde la pecera, señaló una línea preparada. Había hablado unos segundos con la mujer que esperaba al otro lado y escribió en una nota: «Sonia. Dedicatoria a su hermana. Nada raro». Inés sonrió al leerlo. Aquellas cuatro palabras eran casi una bendición en un programa en directo. Sonia entró en antena con una voz baja, algo ronca, como si llevara mucho rato ensayando sin ...