A las once y cincuenta y tres, Clara apagó la mitad de las luces del vestíbulo y oyó una campanilla que ya no debía sonar. Venía de la dársena ocho: un timbre breve, metálico, de los antiguos interfonos de asistencia que casi nadie utilizaba desde que habían reformado la estación. Esperó. El silencio volvió a ocupar el edificio. En su libreta negra anotó la hora y una frase: «Interfono dársena 8. Un aviso». No escribió que alguien había llamado. El botón podía haberse quedado atascado, y las palabras importaban más cuando la estación estaba vacía. Mateo apareció desde el pasillo de taquillas con su linterna pequeña en la mano. —Si vuelve a sonar, le cobramos billete. —¿Ese interfono funciona todavía? —Acaba de responderte. La dársena ocho estaba al final de la cubierta, junto a una puerta de servicio. Afuera, las farolas dejaban manchas ámbar sobre el pavimento húmedo. Clara examinó el poste del interfono sin tocarlo. El botón estaba entero. La pequeña rejilla del altavoz tenía ...
—¡Hay una reunión de pájaros en el cable! Manuel lo anunció desde la ventana con tanta emoción que Ignacio dejó caer un bloque de madera y Fernando apareció arrastrando un calcetín que todavía no había conseguido ponerse. Afuera, sobre los cables que cruzaban la calle, había una fila de golondrinas. Eran muchas, muchísimas para los ojos de Manuel: unas se apretaban junto a otras, algunas cambiaban de sitio y otras salían volando para regresar un momento después. —Son golondrinas —dijo Manuel—. Se nota por la cola, que parece una tijera. Seguro que están hablando de algo importantísimo. A lo mejor han decidido quién vuela primero, quién vigila las nubes y quién... Se interrumpió porque media fila levantó el vuelo de golpe. Las golondrinas giraron sobre los tejados, rápidas como papelitos negros empujados por el viento, y volvieron a posarse unos metros más allá. Manuel corrió a buscar su cuaderno. Dibujó un cable, muchos puntitos encima y una flecha enorme hacia la derecha. —Van h...