El plan tenía tres pasos: colocar las botellas, lanzar la pelota y conseguir que cayeran todas de una vez. Juan había visto unos bolos en la feria del barrio y decidió que esperar hasta la próxima feria era demasiado tiempo. En diez minutos reunió seis botellas de plástico vacías, una pelota blanda y dos trozos de cartón para marcar una pista en el pasillo del jardín. —Solo falta el premio —dijo Ana, mirando las botellas. Juan sonrió. Había pensado en eso. Sobre una silla, al final de la pista, dejó una bolsa con tres galletas envueltas. Quien derribara las seis botellas ganaría una. Quien no derribara ninguna tendría que volver a intentarlo. Era, según Juan, un reglamento perfecto. La primera tirada fue de Ana. Cinco botellas cayeron y una quedó balanceándose como si se negara a aceptar la derrota. La segunda fue de Juan. La pelota golpeó justo en el centro y las seis salieron disparadas. —¡Campeón! —gritó Juan, levantando los brazos. Max interpretó aquel grito de otra manera. Sa...
A las siete y diez, Elena encontró una cazuela pequeña en el estante más alto de la cocina. Era de barro oscuro, con una grieta antigua en el borde, y llevaba dos años sin entrar en el horno. Diego la había apartado para alcanzar una fuente y la dejó sobre la mesa de preparación. —Mamá hacía aquí los garbanzos con acelgas —dijo Elena. —Mamá hacía muchas cosas que tardaban tres horas —respondió Diego, sin dejar de cortar calabaza—. Por eso ahora está jubilada. Elena sonrió y devolvió la cazuela al estante. A las ocho tenían treinta cubiertos reservados, seis huecos posibles y un menú que Diego había preparado alrededor de calabaza asada, setas, pescado y un guiso de ternera. Nada parecía capaz de complicar la noche. A las ocho y cuarto entró Pilar. No llevaba delantal ni llaves del local, solo un abrigo claro y un bolso pequeño. Detrás de ella venían Carmen y Julián, un matrimonio que había comido en Casa Lumbre desde mucho antes de que Elena aprendiera a llevar tres platos sin mi...