A las doce y siete, cuando Inés subió el primer fader de la noche, Radio Horizonte sonaba exactamente como debía sonar. Una canción terminaba bajo su voz, Mauro levantaba dos dedos detrás del cristal para marcarle que iban bien de tiempo y el reloj redondo del Estudio 2 avanzaba con esa parsimonia que solo tenían los relojes cuando todo estaba bajo control. Inés abrió su libreta color vino por una página limpia y escribió la hora de la primera llamada. —Seguimos en La última hora —dijo, acercándose al micrófono—. Si aún estáis despiertos, podéis acompañarnos un rato. La luz roja sobre la puerta se encendió. Mauro, desde la pecera, señaló una línea preparada. Había hablado unos segundos con la mujer que esperaba al otro lado y escribió en una nota: «Sonia. Dedicatoria a su hermana. Nada raro». Inés sonrió al leerlo. Aquellas cuatro palabras eran casi una bendición en un programa en directo. Sonia entró en antena con una voz baja, algo ronca, como si llevara mucho rato ensayando sin ...
El círculo apareció después de dos días de lluvia, justo donde el césped del parque se volvía más oscuro junto a los pinos. Rosa lo vio desde el sendero: una docena de pequeñas setas color miel formaban una curva tan regular que parecía trazada con un compás. Se detuvo, abrió su libreta y dibujó tres de ellas antes de acercarse. La tierra olía a hojas mojadas y a madera, y sobre los sombreritos temblaban gotas diminutas. No era un círculo completo. Faltaba un tramo junto a una raíz gruesa, pero el resto seguía una línea casi perfecta. Rosa miró alrededor buscando una maceta enterrada, una cuerda o cualquier cosa que pudiera explicar aquella forma. No encontró nada. Escribió: «Hipótesis 1: alguien las ha plantado así» y dejó debajo espacio para las pruebas. Su madre, que esperaba unos metros más allá con una bolsa de pan, sonrió al verla agachada. —No las toques si no sabes qué setas son —le recordó. Rosa asintió. Aquella era una regla que conocía bien: observar primero, y las seta...