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Vera, Tornillo y el tic misterioso

Aquella mañana, El Tornillo Feliz hacía un ruido que no estaba en ninguno de los cajones: tic... tic... tic... . Vera dejó el lápiz sobre su banco de trabajo y ladeó la cabeza. Tornillo encendió sus ojos turquesa, giró sobre sus ruedas y proyectó en la pared un enorme signo de interrogación. El ruido venía de una caja de cartón que una vecina había dejado para reparar. Dentro había un pequeño ventilador de mesa, redondo y amarillo, que giraba despacio aunque Inés ya lo había desconectado. Vera acercó la oreja sin tocarlo. Tic... tic... tic... . —Seguro que una pieza está suelta —dijo—. Si la sujetamos muy fuerte, dejará de sonar. Inés sonrió desde el banco grande. —Antes de sujetar nada, averigua qué hace el ruido. Yo abriré la carcasa cuando esté completamente parado. Vera asintió, aunque sus manos ya buscaban una cinta, dos pinzas de madera y una goma elástica. Tornillo emitió tres pitidos cortos y levantó ambos brazos como si dijera: «Primero mirar». Cuando las aspas se detuvier...
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Saltarín y Brincón y el camino de las hojas altas

El viento había trabajado toda la noche en el bosque. Cuando Saltarín abrió la puerta de la madriguera, el sendero estaba cubierto por una montaña de hojas rojas, naranjas y amarillas. —¡Qué maravilla! —gritó, hundiendo las patas delanteras en ellas—. Hoy el camino es una colina. Brincón salió detrás, con su bufanda mostaza bien enrollada. Miró la montaña, luego miró las nubes que corrían entre las ramas. —También puede ser un camino que ya no sabemos dónde está. Saltarín levantó una hoja enorme sobre la cabeza. —Pues lo encontraremos desde arriba. Aquella mañana querían llegar al claro de las avellanas antes de que el viento volviera a soplar fuerte. Allí habían quedado con unas ardillas para escoger los lugares más secos donde guardar las primeras nueces del otoño. El sendero de siempre era corto, pero la montaña de hojas lo tapaba por completo. Saltarín dio un salto y aterrizó casi hasta las orejas. Las hojas crujieron, se movieron y cedieron bajo sus patas. —¡Es blandita! —dij...

Manuel y el espejo de las garzas

—Si vemos una garza, no os mováis —anunció Manuel desde el asiento de atrás—. Las garzas son altas, silenciosas y tienen piernas como palillos muy serios. Ignacio miró por la ventanilla del coche. —¿Y si los palillos se enfadan? Fernando apretó a Olivia contra el pecho dentro de su pequeña caja de transporte. —Olivia no tiene piernas como palillos. Tiene piernas como aceitunas. Aquella mañana la familia había ido hasta una laguna de agua tranquila, donde había un camino de madera entre los juncos. Manuel llevaba su cuaderno de dibujos, unos prismáticos de juguete y una gorra amarilla que, según él, servía para “pensar mejor las plumas”. Su padre había explicado que mirarían desde lejos y sin hacer ruido. Al llegar, Manuel avanzó tan deprisa que tuvo que esperar a los demás junto al primer banco. Miró el agua, los juncos y una bandada de patos pequeños que nadaba haciendo círculos. —Esos no son garzas —dijo—. Son patos, pero están practicando para una reunión importante. Fernando s...

Carlitos y el río azul de la clase

—¿Por qué este papel es tan largo? —preguntó Carlitos. La profesora Sofía acababa de dejar un rollo enorme de papel azul sobre la mesa de manualidades. Iba a usarlo para un mural al día siguiente, pero antes de guardarlo tuvo que ayudar a una niña con su abrigo. Carlitos tiró con cuidado de la punta y el papel cruzó la mesa hasta caer sobre la alfombra del rincón de lectura. —Porque no es papel —dijo Gabriel, muy convencido—. Es un río. Mateo se agachó a su lado: el azul tenía pinceladas claras y oscuras, como si escondiera olas pequeñas. —Entonces necesita llegar al mar. Y en el mar hace falta un restaurante de peces. Carlitos abrió mucho los ojos. —¿Un restaurante? —Claro. Los peces también comen, aunque no bocadillos —aclaró Mateo. Gabriel señaló las sillas de la clase. —El río pasa por debajo, sale por la ventana, sube al cielo y llega a Marte. Carlitos miró el papel, las sillas y la ventana cerrada. El río tenía tres destinos y solo una punta. —No puede ir al mar, a un restau...

Rosa y las huellas azules

Cuando Rosa abrió la puerta del pequeño cobertizo del jardín escolar, lo primero que notó no fue lo que veía. Fue el olor. Húmedo. Fresco. Un poco dulce. Como cuando se corta una rama verde y la lluvia acaba de tocar la tierra. Rosa se quedó quieta con una caja de etiquetas de madera entre las manos. Había entrado únicamente para buscar unas macetas, pero aquel olor no estaba allí el día anterior. Dejó la caja sobre una mesa y sacó su libreta. Olor nuevo en el cobertizo. Martes, 8:17. Después miró alrededor. Palas. Regaderas. Sacos de tierra. Una bandeja de semillas. Todo parecía normal. Hasta que vio la primera mancha azul. Estaba en el suelo, junto a una maceta vacía. Era pequeña y redonda, del tamaño de una moneda. Más adelante había otra. Y otra. Rosa se agachó. Las manchas formaban un camino. —Eso sí que no estaba ayer —murmuró. Las siguió hasta la puerta trasera del cobertizo. Allí desaparecían entre la hierba del jardín. Rosa dibujó tres círculos azules en s...

Sol y la gota que corría por la ventana

Ploc. Sol levantó la cabeza. Estaba sentado en la alfombra del salón con una pieza de madera entre las manos. Afuera llovía. La ventana estaba llena de pequeñas gotas transparentes. Ploc. Una de ellas apareció arriba del cristal. Sol la vio. La gota empezó a bajar. Despacio primero. Después más rápido. Sol dejó la pieza de madera. Apoyó una mano en el suelo. Luego la otra. Gateó hasta la ventana. La gota seguía bajando. Sol también. Bueno, Sol no bajaba. Sol avanzaba por la alfombra. Pero para él aquello parecía exactamente una carrera. Llegó al cristal y apoyó la palma. Frío. Retiró la mano. Miró sus dedos. Volvió a tocar. Frío otra vez. Sol abrió mucho los ojos. Al otro lado del cristal, la gota continuó su camino. —Ahhh —dijo Sol. La señaló. La gota llegó hasta abajo y desapareció. Sol esperó. Nada. Miró arriba. Otra gota. Ploc. Esta era más pequeña. Bajó haciendo una curva. Sol movió el dedo por el cristal intentando seguirla. Arriba. Abajo. Un...

El reloj que guardaba los minutos perdidos

Aquella noche llovía sobre los cristales del taller del abuelo Manolo. No era una lluvia fuerte, sino una de esas lluvias pacientes que parecen tener todo el tiempo del mundo. Lucía estaba sentada en un taburete, envuelta en una manta, mientras su abuelo ordenaba tornillos diminutos en una caja de madera. —Abuelo —preguntó de pronto—, ¿adónde van los minutos que desperdiciamos? Manolo dejó una pequeña rueda dentada sobre la mesa. —¿Desperdiciamos minutos? —Claro. Cuando esperas algo y te aburres. O cuando buscas un calcetín y no aparece. O cuando mamá dice “salimos en cinco minutos” y luego tarda muchísimo. Manolo se quitó las gafas, las limpió con el borde del chaleco y miró a su nieta. —Ah. Esos minutos. En el rincón más alto del taller había un reloj que Lucía no recordaba haber visto nunca. Era pequeño, de madera oscura, con una puerta redonda y doce números dorados casi borrados por el tiempo. Manolo lo señaló. —Pues dicen que hubo una vez un reloj que sabía exactamente ...