A las once y cuarenta y siete, cuando el último autobús ya había dejado de verse detrás de la curva de salida, Clara encontró un vaso de café sobre el banco número seis. No era raro encontrar vasos. Lo raro era que aún saliera vapor. Se detuvo con el manojo de llaves en una mano y la libreta negra en la otra. La cafetería llevaba cerrada desde las diez y media. La máquina expendedora servía café, pero usaba vasos blancos con una franja verde; aquel era de cartón marrón, sin marca. Clara tocó el costado con dos dedos. Caliente. Escribió en la libreta: «23:47. Banco 6. Café reciente». Solo hechos. —¿Te has dejado uno para mañana? —preguntó Mateo desde el otro extremo del vestíbulo. —Yo no bebo café a estas horas. —Por eso conservas la fe en la humanidad. Mateo siguió comprobando puertas. Clara miró alrededor. Las luces de limpieza dejaban media sala en penumbra y duplicaban los bancos en las cristaleras. No había pasajeros. La puerta principal ya estaba cerrada para entradas y las ...
—¡Se están revolcando! —gritó Manuel desde la puerta del jardín—. ¡Papá, los gorriones se han vuelto locos! En un rincón donde el sol había secado la tierra, tres gorriones daban pequeños saltos y luego se tumbaban de lado. Movían las alas tan deprisa que levantaban nubecitas de polvo. Manuel salió con su cuaderno bajo el brazo, pero se detuvo antes de acercarse demasiado. —No están locos —dijo muy serio—. Seguro que buscan una semilla escondida. O una hormiga. O… ¡un tesoro de pájaros! Ignacio y Fernando llegaron detrás de él. Fernando se agachó y señaló el suelo sin decir nada; Ignacio miró a los gorriones y después miró la regadera azul que estaba junto a la pared. —¿Tienen sed? —preguntó Ignacio. Manuel abrió mucho los ojos. Aquello sí parecía una pista importante. Corrió hacia la regadera, pero su padre le recordó que no convenía acercarse mientras los pájaros estaban tranquilos en el suelo, así que Manuel volvió junto a sus hermanos y dejó la regadera donde estaba. Los tre...