Aquella mañana, El Tornillo Feliz hacía un ruido que no estaba en ninguno de los cajones: tic... tic... tic... . Vera dejó el lápiz sobre su banco de trabajo y ladeó la cabeza. Tornillo encendió sus ojos turquesa, giró sobre sus ruedas y proyectó en la pared un enorme signo de interrogación. El ruido venía de una caja de cartón que una vecina había dejado para reparar. Dentro había un pequeño ventilador de mesa, redondo y amarillo, que giraba despacio aunque Inés ya lo había desconectado. Vera acercó la oreja sin tocarlo. Tic... tic... tic... . —Seguro que una pieza está suelta —dijo—. Si la sujetamos muy fuerte, dejará de sonar. Inés sonrió desde el banco grande. —Antes de sujetar nada, averigua qué hace el ruido. Yo abriré la carcasa cuando esté completamente parado. Vera asintió, aunque sus manos ya buscaban una cinta, dos pinzas de madera y una goma elástica. Tornillo emitió tres pitidos cortos y levantó ambos brazos como si dijera: «Primero mirar». Cuando las aspas se detuvier...
El viento había trabajado toda la noche en el bosque. Cuando Saltarín abrió la puerta de la madriguera, el sendero estaba cubierto por una montaña de hojas rojas, naranjas y amarillas. —¡Qué maravilla! —gritó, hundiendo las patas delanteras en ellas—. Hoy el camino es una colina. Brincón salió detrás, con su bufanda mostaza bien enrollada. Miró la montaña, luego miró las nubes que corrían entre las ramas. —También puede ser un camino que ya no sabemos dónde está. Saltarín levantó una hoja enorme sobre la cabeza. —Pues lo encontraremos desde arriba. Aquella mañana querían llegar al claro de las avellanas antes de que el viento volviera a soplar fuerte. Allí habían quedado con unas ardillas para escoger los lugares más secos donde guardar las primeras nueces del otoño. El sendero de siempre era corto, pero la montaña de hojas lo tapaba por completo. Saltarín dio un salto y aterrizó casi hasta las orejas. Las hojas crujieron, se movieron y cedieron bajo sus patas. —¡Es blandita! —dij...