El bolso llegó un lunes dentro de una bolsa transparente, con una etiqueta del servicio de limpieza pegada por fuera. Era pequeño, de cuero rojo oscuro, y tenía una esquina más brillante que las demás, como si durante años hubiera rozado siempre contra el mismo abrigo. Teresa Lobo lo dejó bajo la lámpara articulada y esperó a que Leo terminara de registrar la hora de entrada. —Encontrado en los soportales de la plaza, junto al banco de piedra —leyó él—. Sin documentación, sin dinero y sin teléfono. Esto va a durar aquí meses. Teresa abrió el bolso con guantes finos. Había un pañuelo doblado, un estuche de gafas vacío, dos caramelos de limón, una llave pequeña y una fotografía recortada hasta dejar solo una mano apoyada sobre el lomo de un perro. En el forro interior, una costura reciente atravesaba una tela mucho más vieja. —Primero el objeto; luego la historia —dijo Teresa. Leo sonrió porque llevaba dos años oyéndoselo decir. Registró cada pieza sin intentar completar la fotograf...
La lluvia había empezado después de cenar y golpeaba los cristales de la casa del abuelo Manolo con dedos menudos y pacientes. Lucía, que aquella noche dormía allí, entró en el taller buscando un lápiz y encontró a su abuelo sentado frente a una caja llena de botones. Había botones de nácar, de madera, de metal y uno diminuto con forma de estrella. —¿Desde cuándo guardas botones? —preguntó Lucía. Manolo levantó la vista por encima de sus gafas redondas. —Desde que descubrí que las cosas pequeñas también pueden sujetar historias grandes. Lucía tomó el botón de estrella. Tenía cinco puntas desiguales y un brillo gastado. —¿Y este qué sujetaba? El abuelo sonrió y apartó la caja. —Un abrigo, probablemente. Pero una vez conocí una ciudad donde las estrellas servían para algo bastante más complicado. Dicen que hace muchos años existía junto al mar una ciudad llamada Miralba. Sus casas eran blancas, sus balcones estaban llenos de macetas y, en la plaza mayor, crecía una higuera tan vieja ...