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Carlitos y el castillo de las reglas imposibles

—¡Para entrar hay que caminar como un cangrejo! —anunció Mateo, plantado delante de una torre hecha con dos cajas y una manta verde. Carlitos se quedó con un pie en el aire. Gabriel, que ya avanzaba de lado entre risas, señaló la puerta del castillo: un hueco bajo la mesa del rincón de juegos. Aquella mañana habían decidido que no era una mesa. Era la fortaleza más difícil de conquistar de toda la guardería. Carlitos cruzó de lado, chocando suavemente una rodilla con un cojín. Dentro, Mateo había colocado una cuchara de madera sobre una caja pequeña. —Es la llave real —explicó. Carlitos la levantó con solemnidad y añadió una regla: para tocar la llave había que decir una contraseña que empezara por «ca». —¡Cacahuete! —gritó Gabriel. —¡Calcetín! —dijo Mateo. Carlitos abrió mucho los ojos. Él había pensado en «castillo», pero las otras respuestas eran mucho mejores. Los tres decidieron que todas valían y añadieron una nueva norma: quien entrara debía inventar una contraseña distint...
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Sol y la isla que zumbaba

Bzzzzzz. Sol levantó la cabeza. El sonido venía del pasillo, grave y suave, como un abejorro escondido detrás de la puerta. Apoyó las manos en el suelo y esperó. Bzzzzzz. Otra vez. Entonces apareció una cosa redonda y negra. Avanzaba sola, despacito, rozando la pared antes de girar hacia el salón. Encima llevaba algo naranja. Sol parpadeó y abrió la boca: era uno de sus calcetines, y el calcetín se alejaba. Sol gateó detrás. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. La cosa redonda pasó junto al sofá y Sol aceleró, pero justo cuando iba a tocar el calcetín, giró de nuevo. Bzzzzzz. El calcetín siguió navegando sobre aquella isla diminuta. Papá estaba cerca, recogiendo unos juguetes. Vio a Sol perseguir al aparato y apartó un bloque del camino. Sol siguió avanzando, muy serio, con la vista fija en aquel punto naranja que se escapaba sin correr. Entonces la isla entró bajo la mesa. Desde el suelo, las patas de las sillas parecían troncos enormes. Sol se detuvo un instante y mi...

Rosa y las flores que cerraron temprano

A las once de la mañana, las flores amarillas del patio parecían pequeños soles abiertos entre la hierba. A las doce y cuarto, muchas se habían cerrado. Rosa se agachó junto a ellas con la libreta apoyada en una rodilla y frunció el ceño: el cielo seguía claro y nadie había pisado aquel rincón. Anotó la hora y dibujó una de las flores, con sus pétalos apretados como un pincel. La tierra estaba tibia, pero no seca; al tocarla con la yema de un dedo notó todavía algo de humedad. Rosa pensó que quizá el calor las había cansado. Era una idea razonable, aunque había algo que no encajaba: otras flores iguales, junto al muro, continuaban abiertas. —¿Qué miras con tanta seriedad? —preguntó el profesor López al cruzar el patio con una caja de lupas. Rosa señaló los dos grupos. —Estas se han cerrado y aquellas no. Creo que es por el calor, pero hace el mismo calor para todas. El profesor miró primero las flores y después el cielo. —Entonces tu primera idea ya te ha regalado una pregunta mej...

Vera y la persiana que miraba demasiado

La persiana de El Tornillo Feliz tenía una costumbre muy rara: a las cuatro y doce de la tarde bajaba sola hasta la mitad, aunque nadie se lo pidiera. Vera lo descubrió porque estaba dibujando una caja para ordenar tuercas cuando la luz del taller desapareció de golpe. Tornillo giró sus ojos turquesa hacia la ventana y proyectó un pequeño sol seguido de un signo de interrogación. —El motor se está cansando —dijo Vera, levantándose de un salto—. Seguro que necesita algo para tirar mejor. Inés, que revisaba una lámpara en el banco grande, negó con una sonrisa. —Antes de ayudar al motor, averigua si el motor está haciendo algo mal. La persiana tiene un sensor de luz; baja cuando el sol entra demasiado fuerte para que el taller no se recaliente. Vera miró el pequeño sensor redondo junto al marco. A las cuatro y trece, la persiana volvió a subir. Aquello no parecía un motor cansado: parecía un motor demasiado obediente. Tornillo emitió dos pitidos y proyectó un icono de reloj. Vera apunt...

Saltarín y Brincón y la nube de semillas

Aquella mañana, el viento había barrido el claro hasta dejarlo brillante. Saltarín y Brincón caminaban hacia el huerto de los castores con una cesta vacía entre los dos, porque habían prometido recoger unas semillas de girasol para los pájaros antes de que llegara la tarde. Al pasar junto al prado alto, una ráfaga dobló las hierbas casi hasta el suelo. Entonces algo dorado cruzó el sendero, girando en el aire como un puñado de diminutos paracaídas. Saltarín levantó las orejas. —¡Mira! ¡Una nube que se ha caído al bosque! Brincón siguió con la mirada aquellas motitas. —No es una nube. Son semillas. Un poco más adelante encontraron a una ardilla junto a un saco abierto. El viento había soltado el nudo y había esparcido por el prado las semillas que la comunidad guardaba para sembrar junto al claro. Algunas seguían cerca, pero otras desaparecían entre las hierbas altas. —Podemos recogerlas —dijo Saltarín, dejando la cesta en el suelo. Y antes de que Brincón contestara, ya estaba saltan...

El café del banco seis

A las once y cuarenta y siete, cuando el último autobús ya había dejado de verse detrás de la curva de salida, Clara encontró un vaso de café sobre el banco número seis. No era raro encontrar vasos. Lo raro era que aún saliera vapor. Se detuvo con el manojo de llaves en una mano y la libreta negra en la otra. La cafetería llevaba cerrada desde las diez y media. La máquina expendedora servía café, pero usaba vasos blancos con una franja verde; aquel era de cartón marrón, sin marca. Clara tocó el costado con dos dedos. Caliente. Escribió en la libreta: «23:47. Banco 6. Café reciente». Solo hechos. —¿Te has dejado uno para mañana? —preguntó Mateo desde el otro extremo del vestíbulo. —Yo no bebo café a estas horas. —Por eso conservas la fe en la humanidad. Mateo siguió comprobando puertas. Clara miró alrededor. Las luces de limpieza dejaban media sala en penumbra y duplicaban los bancos en las cristaleras. No había pasajeros. La puerta principal ya estaba cerrada para entradas y las ...

Manuel y el baño sin agua

—¡Se están revolcando! —gritó Manuel desde la puerta del jardín—. ¡Papá, los gorriones se han vuelto locos! En un rincón donde el sol había secado la tierra, tres gorriones daban pequeños saltos y luego se tumbaban de lado. Movían las alas tan deprisa que levantaban nubecitas de polvo. Manuel salió con su cuaderno bajo el brazo, pero se detuvo antes de acercarse demasiado. —No están locos —dijo muy serio—. Seguro que buscan una semilla escondida. O una hormiga. O… ¡un tesoro de pájaros! Ignacio y Fernando llegaron detrás de él. Fernando se agachó y señaló el suelo sin decir nada; Ignacio miró a los gorriones y después miró la regadera azul que estaba junto a la pared. —¿Tienen sed? —preguntó Ignacio. Manuel abrió mucho los ojos. Aquello sí parecía una pista importante. Corrió hacia la regadera, pero su padre le recordó que no convenía acercarse mientras los pájaros estaban tranquilos en el suelo, así que Manuel volvió junto a sus hermanos y dejó la regadera donde estaba. Los tre...