A la una y veinte, Elena comprobó por tercera vez el plano de reservas y colocó una cruz discreta junto a la mesa doce. Dos personas a las dos y media. Nada especial. A esa hora, con treinta y cuatro cubiertos confirmados y dos huecos libres en barra, el servicio cabía entero en su cabeza como una cuadrícula limpia. Nora terminó de alinear las copas del ventanal y dejó el teléfono de reservas junto al cuaderno azul. —Ha llamado una tal Santos para confirmar. Elena levantó la vista. —¿Mesa doce? —Sí. Dos personas. A las dos y media. Elena miró la cruz que acababa de dibujar. —La doce es Roldán. Nora dejó de mover las copas. —Pues Santos también tiene confirmación. Durante un segundo solo se oyó el extractor de la cocina. Elena abrió la aplicación del ordenador, buscó el apellido y encontró las dos reservas: Roldán, dos personas, tomada por teléfono el jueves; Santos, dos personas, entrada por la web el viernes. Ambas a las 14:30. Ambas asignadas a la mesa doce. El sistema hab...
—¡Para entrar hay que caminar como un cangrejo! —anunció Mateo, plantado delante de una torre hecha con dos cajas y una manta verde. Carlitos se quedó con un pie en el aire. Gabriel, que ya avanzaba de lado entre risas, señaló la puerta del castillo: un hueco bajo la mesa del rincón de juegos. Aquella mañana habían decidido que no era una mesa. Era la fortaleza más difícil de conquistar de toda la guardería. Carlitos cruzó de lado, chocando suavemente una rodilla con un cojín. Dentro, Mateo había colocado una cuchara de madera sobre una caja pequeña. —Es la llave real —explicó. Carlitos la levantó con solemnidad y añadió una regla: para tocar la llave había que decir una contraseña que empezara por «ca». —¡Cacahuete! —gritó Gabriel. —¡Calcetín! —dijo Mateo. Carlitos abrió mucho los ojos. Él había pensado en «castillo», pero las otras respuestas eran mucho mejores. Los tres decidieron que todas valían y añadieron una nueva norma: quien entrara debía inventar una contraseña distint...