La primera cosa que Manuel vio en la playa no fue el mar. Fue una fila de patas diminutas que había escrito algo en la arena mojada. —¡Mira, Ignacio! ¡Alguien ha hecho rayitas con un lápiz que camina! Ignacio se agachó junto a él. Las marcas empezaban cerca de una concha y acababan justo donde una ola fina había pasado por encima, borrándolas sin dejar ni una esquina. Fernando señaló otra fila que cruzaba por detrás. —Hay más lápices —dijo. Manuel abrió su cuaderno de dibujos tan deprisa que casi se le escapó de las manos. Aquello no eran letras normales. Unas huellas tenían tres dedos muy juntos; otras parecían pequeñas estrellas con una raya detrás. Manuel dibujó una, después otra y luego una ola grande que se las llevaba. —Son mensajes de pájaro —decidió—. Seguro que dicen: «No pises aquí, que estamos trabajando». A unos pasos, mamá extendía una toalla sobre la arena seca. Les recordó que podían mirar la orilla, pero sin correr hacia los animales. Manuel asintió con tanta seried...
El bolso llegó un lunes dentro de una bolsa transparente, con una etiqueta del servicio de limpieza pegada por fuera. Era pequeño, de cuero rojo oscuro, y tenía una esquina más brillante que las demás, como si durante años hubiera rozado siempre contra el mismo abrigo. Teresa Lobo lo dejó bajo la lámpara articulada y esperó a que Leo terminara de registrar la hora de entrada. —Encontrado en los soportales de la plaza, junto al banco de piedra —leyó él—. Sin documentación, sin dinero y sin teléfono. Esto va a durar aquí meses. Teresa abrió el bolso con guantes finos. Había un pañuelo doblado, un estuche de gafas vacío, dos caramelos de limón, una llave pequeña y una fotografía recortada hasta dejar solo una mano apoyada sobre el lomo de un perro. En el forro interior, una costura reciente atravesaba una tela mucho más vieja. —Primero el objeto; luego la historia —dijo Teresa. Leo sonrió porque llevaba dos años oyéndoselo decir. Registró cada pieza sin intentar completar la fotograf...