La sombra de Carlitos llegó a la puerta del patio antes que él. —¡Eh! —gritó—. ¡Me está ganando! Gabriel miró al suelo: su sombra también se estiraba larguísima sobre las baldosas, con los brazos como dos ramas negras. Mateo dio un salto y la suya saltó con él. —¿Y si nuestras sombras quieren irse de excursión? —dijo Gabriel. —Pues la mía no se va sin mí —contestó Carlitos, y echó a correr. Los tres corrieron hacia la puerta pintada de azul; las sombras llegaron primero, y Carlitos frenó de golpe para señalarlas. —Hacen trampas. Tienen las piernas larguísimas. Mateo se agachó y tocó con un dedo la punta de su propia sombra. —Podemos hacerles un camino. Cogieron tizas del cubo del patio: Mateo dibujó una carretera amarilla, Gabriel añadió una estación espacial redonda y Carlitos hizo un castillo con una puerta enorme y tres ventanas torcidas. Cuando volvieron a ponerse de pie, sus sombras caían justo encima de los dibujos. —La mía ha entrado en el castillo —dijo Carlitos. —La mía es...
La sábana subió de golpe. ¡Fuuuush! Sol abrió mucho los ojos. Estaba sentado en la alfombra del salón cuando aquella tela enorme, blanca y ligera, se levantó delante de él. Mamá y papá la sostenían por las esquinas para doblarla. Desde el suelo, Sol no veía una sábana. Veía una nube que acababa de despertar. La nube bajó despacio. Sol apoyó las dos manos y gateó hacia ella. ¡Fuuuush! Volvió a subir. El aire le movió el flequillo y Sol soltó una risa corta: «¡Ah!». Gateó más deprisa. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. La sábana parecía alejarse justo cuando iba a tocarla. Esta vez papá la dejó bajar un poco más. Una esquina rozó la mejilla de Sol. Era fresca y suave. Sol la agarró con los dedos, apretó la tela y tiró con todas sus fuerzas. La sábana no se movió mucho. Sol sí. ¡Plof! Cayó sentado sobre el pañal y se quedó quieto un segundo. Después se rio. Mamá también se rio, y papá volvió a levantar la tela. Entonces apareció algo nuevo: un túnel. La sábana que...