El sendero de las avellanas amaneció cubierto de pequeñas cáscaras marrones. Saltarín y Brincón lo recorrían con una cesta entre los dos, camino de la casa de la señora Ardilla. Ella había prometido preparar panecillos para la merienda del claro, y ellos llevaban un tarro de miel para ayudar. Al llegar a la cuesta de los helechos, Saltarín se detuvo tan deprisa que Brincón chocó con la cesta. Del otro lado del sendero llegaba un golpecito irregular: toc, toc... toc. No parecía un pájaro ni una rama movida por el viento. —Voy a mirar —dijo Saltarín, dejando la cesta junto a una raíz. —Y yo voy a mirar por dónde vas a mirar —respondió Brincón. Bajaron entre los helechos siguiendo el sonido. Primero pasaron una piedra blanca, luego un tronco cubierto de musgo y después una mata de zarzas que obligó a Saltarín a agachar las orejas. El toc, toc sonaba ahora justo debajo de ellos. En una pendiente estrecha encontraron la causa. Una carretilla diminuta, cargada de avellanas, había queda...
A las once y cincuenta y tres, Clara apagó la mitad de las luces del vestíbulo y oyó una campanilla que ya no debía sonar. Venía de la dársena ocho: un timbre breve, metálico, de los antiguos interfonos de asistencia que casi nadie utilizaba desde que habían reformado la estación. Esperó. El silencio volvió a ocupar el edificio. En su libreta negra anotó la hora y una frase: «Interfono dársena 8. Un aviso». No escribió que alguien había llamado. El botón podía haberse quedado atascado, y las palabras importaban más cuando la estación estaba vacía. Mateo apareció desde el pasillo de taquillas con su linterna pequeña en la mano. —Si vuelve a sonar, le cobramos billete. —¿Ese interfono funciona todavía? —Acaba de responderte. La dársena ocho estaba al final de la cubierta, junto a una puerta de servicio. Afuera, las farolas dejaban manchas ámbar sobre el pavimento húmedo. Clara examinó el poste del interfono sin tocarlo. El botón estaba entero. La pequeña rejilla del altavoz tenía ...