Lucía encontró la llave mientras buscaba una canica debajo del banco del taller. Era pequeña, de latón oscuro, con tres dientes desiguales y un hilo verde atado al aro. No parecía importante, pero estaba guardada en una cajita forrada de terciopelo, entre dos resortes y una lupa antigua. —Abuelo, ¿qué abre esto? Manolo se acercó, se puso las gafas y sostuvo la llave entre dos dedos. —Depende —dijo con su voz ronca y tranquila—. Hay llaves que abren puertas. Y hay puertas que necesitan recordar que todavía pueden abrirse. Lucía levantó una ceja. —Eso no tiene ningún sentido. —Entonces quizá sea una buena historia. Manolo apagó la lámpara grande del taller y dejó encendida solo la pequeña luz ámbar de su mesa; fuera, las ramas del naranjo rozaban el cristal con un susurro. —Dicen que, hace muchos años, hubo un pueblo llamado Vallequieto donde todas las casas cerraban sus puertas antes de que sonara la última campana de la tarde. No era porque hubiera lobos ni ladrones. En Vallequieto...
El plan tenía tres pasos: meter los polos en la nevera portátil, cruzar el jardín sin correr y llegar a la mesa antes de que Ana terminara de colocar los vasos. Juan lo había repetido dos veces porque, según él, un plan que podía decirse en menos de diez segundos era casi imposible que saliera mal. Max, sentado junto a la puerta con la lengua fuera, parecía menos convencido. Aquella tarde hacía tanto calor que la fiesta del barrio se había trasladado al jardín de casa. Sobre una mesa esperaban limonada, servilletas y una montaña de fruta, pero los polos seguían dentro, en el congelador. Juan había prometido llevarlos cuando todos estuvieran preparados. Ana miró el sol y levantó una ceja. —Como tardes, tendremos sopa de fresa. —Tardaré cuarenta segundos —respondió Juan. Entonces vio el carrito rojo con el que de pequeño transportaba juguetes. Cabían la nevera portátil, dos bolsas de hielo y, según calculó Juan, unos veinte segundos de ventaja contra el calor. La ruta directa hasta la...