A las once de la mañana, las flores amarillas del patio parecían pequeños soles abiertos entre la hierba. A las doce y cuarto, muchas se habían cerrado. Rosa se agachó junto a ellas con la libreta apoyada en una rodilla y frunció el ceño: el cielo seguía claro y nadie había pisado aquel rincón. Anotó la hora y dibujó una de las flores, con sus pétalos apretados como un pincel. La tierra estaba tibia, pero no seca; al tocarla con la yema de un dedo notó todavía algo de humedad. Rosa pensó que quizá el calor las había cansado. Era una idea razonable, aunque había algo que no encajaba: otras flores iguales, junto al muro, continuaban abiertas. —¿Qué miras con tanta seriedad? —preguntó el profesor López al cruzar el patio con una caja de lupas. Rosa señaló los dos grupos. —Estas se han cerrado y aquellas no. Creo que es por el calor, pero hace el mismo calor para todas. El profesor miró primero las flores y después el cielo. —Entonces tu primera idea ya te ha regalado una pregunta mej...
La persiana de El Tornillo Feliz tenía una costumbre muy rara: a las cuatro y doce de la tarde bajaba sola hasta la mitad, aunque nadie se lo pidiera. Vera lo descubrió porque estaba dibujando una caja para ordenar tuercas cuando la luz del taller desapareció de golpe. Tornillo giró sus ojos turquesa hacia la ventana y proyectó un pequeño sol seguido de un signo de interrogación. —El motor se está cansando —dijo Vera, levantándose de un salto—. Seguro que necesita algo para tirar mejor. Inés, que revisaba una lámpara en el banco grande, negó con una sonrisa. —Antes de ayudar al motor, averigua si el motor está haciendo algo mal. La persiana tiene un sensor de luz; baja cuando el sol entra demasiado fuerte para que el taller no se recaliente. Vera miró el pequeño sensor redondo junto al marco. A las cuatro y trece, la persiana volvió a subir. Aquello no parecía un motor cansado: parecía un motor demasiado obediente. Tornillo emitió dos pitidos y proyectó un icono de reloj. Vera apunt...