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Fuera de carta

A las siete y diez, Elena encontró una cazuela pequeña en el estante más alto de la cocina. Era de barro oscuro, con una grieta antigua en el borde, y llevaba dos años sin entrar en el horno. Diego la había apartado para alcanzar una fuente y la dejó sobre la mesa de preparación. —Mamá hacía aquí los garbanzos con acelgas —dijo Elena. —Mamá hacía muchas cosas que tardaban tres horas —respondió Diego, sin dejar de cortar calabaza—. Por eso ahora está jubilada. Elena sonrió y devolvió la cazuela al estante. A las ocho tenían treinta cubiertos reservados, seis huecos posibles y un menú que Diego había preparado alrededor de calabaza asada, setas, pescado y un guiso de ternera. Nada parecía capaz de complicar la noche. A las ocho y cuarto entró Pilar. No llevaba delantal ni llaves del local, solo un abrigo claro y un bolso pequeño. Detrás de ella venían Carmen y Julián, un matrimonio que había comido en Casa Lumbre desde mucho antes de que Elena aprendiera a llevar tres platos sin mi...
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Vera y el misterio de la tierra fugitiva

En El Tornillo Feliz había una maceta que parecía no ponerse nunca de acuerdo con el taller. Inés la había dejado junto a la ventana porque allí recibía buena luz, pero cada mañana aparecía un pequeño círculo de tierra sobre el suelo, justo al lado del plato. Vera lo barría, colocaba la maceta en su sitio y, al día siguiente, la tierra volvía a estar allí. —La maceta tiene una fuga —decidió Vera, agachándose para mirar el borde. Tornillo se acercó sobre sus ruedas, encendió los ojos turquesa y proyectó una gota. —No de agua —aclaró Vera—. De tierra. Podemos hacerle una pared para que no se escape. Con cartón rígido, Vera construyó un aro bajo alrededor del plato. No tocaba la planta ni tapaba el drenaje, y a ella le pareció una solución perfecta. Tornillo recorrió el círculo despacio, proyectó una pequeña muralla y emitió un pitido satisfecho. A la mañana siguiente, sin embargo, había tierra fuera del aro. Vera se quedó con las manos en la cintura. —Entonces salta. Tornillo proyect...

Sol y las hojas viajeras

Ras, ras, ras. Algo seco rozó el suelo junto a la puerta del jardín. Sol dejó de apretar su pelota y miró hacia allí. Una hoja marrón había entrado en casa. Dio una vuelta sobre sí misma, empujada por el aire, y se quedó quieta junto a la alfombra. Sol gateó hasta ella. Primero la tocó con un dedo. La hoja crujió: crac. Sol retiró la mano, abrió mucho los ojos y volvió a tocarla. Crac, crac. Esta vez sonrió. Mamá estaba cerca de la puerta abierta, guardando unas macetas pequeñas. Otra ráfaga movió las ramas del jardín y dos hojas más cruzaron el umbral. Una amarilla aterrizó debajo de una silla. Otra, pequeña y rojiza, siguió rodando por el pasillo. Sol fue detrás de la amarilla. Gateó hasta la silla, se agachó todo lo que pudo y estiró el brazo. Sus dedos rozaron la punta, pero la hoja se deslizó un poquito más. Sol soltó un «¡ah!» muy serio y cambió de lado. Una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. Rodeó la silla y allí estaba la hoja, enorme y arrugada desde tan cerca. ...

Carlitos y el mapa que cambiaba de camino

—¿Y si hoy no jugamos a lo mismo? —preguntó Gabriel nada más entrar en el rincón de juegos. Carlitos estaba colocando tres cojines en fila. Mateo llevaba una caja de cartón sobre la cabeza como si fuera un casco enorme. Los tres miraron alrededor buscando una idea nueva, hasta que Mateo dejó la caja en el suelo y descubrió algo pegado debajo: un trozo de cinta adhesiva con una flecha dibujada. —¡Un mapa! —dijo Carlitos. —Eso no es un mapa —respondió Gabriel—. Solo es una flecha. Mateo giró la caja. —¿Y si es la primera flecha? La flecha señalaba hacia la estantería. Allí no encontraron un tesoro, pero sí otra cosa que podía servir: una pieza triangular de construcción apuntaba hacia la puerta del patio. Carlitos decidió que era una señal. Gabriel dijo que podía estar simplemente tirada. Mateo propuso comprobar las dos teorías. Salieron al patio con permiso de la profesora Sofía. Junto al arenero había una ramita en forma de Y. Más allá, tres tizas olvidadas formaban casi una línea....

Lo que no hacía falta emitir

A las doce y siete, cuando Inés subió el primer fader de la noche, Radio Horizonte sonaba exactamente como debía sonar. Una canción terminaba bajo su voz, Mauro levantaba dos dedos detrás del cristal para marcarle que iban bien de tiempo y el reloj redondo del Estudio 2 avanzaba con esa parsimonia que solo tenían los relojes cuando todo estaba bajo control. Inés abrió su libreta color vino por una página limpia y escribió la hora de la primera llamada. —Seguimos en La última hora —dijo, acercándose al micrófono—. Si aún estáis despiertos, podéis acompañarnos un rato. La luz roja sobre la puerta se encendió. Mauro, desde la pecera, señaló una línea preparada. Había hablado unos segundos con la mujer que esperaba al otro lado y escribió en una nota: «Sonia. Dedicatoria a su hermana. Nada raro». Inés sonrió al leerlo. Aquellas cuatro palabras eran casi una bendición en un programa en directo. Sonia entró en antena con una voz baja, algo ronca, como si llevara mucho rato ensayando sin ...

Rosa y el círculo bajo la tierra

El círculo apareció después de dos días de lluvia, justo donde el césped del parque se volvía más oscuro junto a los pinos. Rosa lo vio desde el sendero: una docena de pequeñas setas color miel formaban una curva tan regular que parecía trazada con un compás. Se detuvo, abrió su libreta y dibujó tres de ellas antes de acercarse. La tierra olía a hojas mojadas y a madera, y sobre los sombreritos temblaban gotas diminutas. No era un círculo completo. Faltaba un tramo junto a una raíz gruesa, pero el resto seguía una línea casi perfecta. Rosa miró alrededor buscando una maceta enterrada, una cuerda o cualquier cosa que pudiera explicar aquella forma. No encontró nada. Escribió: «Hipótesis 1: alguien las ha plantado así» y dejó debajo espacio para las pruebas. Su madre, que esperaba unos metros más allá con una bolsa de pan, sonrió al verla agachada. —No las toques si no sabes qué setas son —le recordó. Rosa asintió. Aquella era una regla que conocía bien: observar primero, y las seta...

Saltarín y Brincón y la carretilla de avellanas

El sendero de las avellanas amaneció cubierto de pequeñas cáscaras marrones. Saltarín y Brincón lo recorrían con una cesta entre los dos, camino de la casa de la señora Ardilla. Ella había prometido preparar panecillos para la merienda del claro, y ellos llevaban un tarro de miel para ayudar. Al llegar a la cuesta de los helechos, Saltarín se detuvo tan deprisa que Brincón chocó con la cesta. Del otro lado del sendero llegaba un golpecito irregular: toc, toc... toc. No parecía un pájaro ni una rama movida por el viento. —Voy a mirar —dijo Saltarín, dejando la cesta junto a una raíz. —Y yo voy a mirar por dónde vas a mirar —respondió Brincón. Bajaron entre los helechos siguiendo el sonido. Primero pasaron una piedra blanca, luego un tronco cubierto de musgo y después una mata de zarzas que obligó a Saltarín a agachar las orejas. El toc, toc sonaba ahora justo debajo de ellos. En una pendiente estrecha encontraron la causa. Una carretilla diminuta, cargada de avellanas, había queda...